Biografía de David Brainerd

La vida de David Brainerd – Oración por avivamiento

(Publicado en inglés en el foro de discusión en http://www.revivalschool.com, por un miembro del foro.)

Hemos visto como la oración unida de los cristianos puede producir un avivamiento. (Vea “El avivamiento de oración 1857″). ¿Pero qué de un solo cristiano? Si una sola persona cumple 2 Crón.7:14, ¿puede suceder un avivamiento?

David Brainerd estudiaba en la universidad de Yale (que en aquellos tiempos entrenaba a sus estudiantes para el ministerio eclesiástico). Pero tuvo mala suerte. Por hacer un comentario poco sabio acerca de uno de los docentes, fue expulsado. A la edad de solo 23 años, su carrera parecía arruinada. Pero su actitud fue ejemplar: “Sentí gratitud hacia Dios, porque ellos fueron el medio de hacerme más humilde. Me sentí contento con ser pequeño, ser nada, estar postrado en el polvo.”

El se entregó a la oración y el ayuno, y pronto sintió que Dios todavía quería usarlo: “Aunque yo había estado tan deprimido respecto a mis esperanzas de ser útil en el futuro, me sentí ahora muy animado. Recibí ayuda [de Dios] para interceder por las almas pobres, y por una gracia especial para mí mismo, para hacerme capaz de servicios especiales.”

Pronto recibió claridad acerca de estos “servicios especiales”: “Reservé este día para ayunar y orar, para darme ayuda y dirección divina, y para enviarme en Su tiempo a Su cosecha. Sentí un poder de intercesión por almas inmortales, e incluso un gozo al pensar en sufrir dificultades y hasta la muerte, en la promoción [del Evangelio], suplicando por los pobres paganos. Dios me hizo capaz de agonizar tanto en oración, que me empapé de sudor. Clamé por multitudes de almas.”

Los “pobres paganos” eran los indios; y Brainerd obtuvo un permiso para predicarles. “Viajé afuera a Kaunaumeek y me alojé allí sobre un montón de paja.”

Allí comenzó una terrible batalla con la soledad (“Estoy viviendo en el desierto más melancólico”), el choque cultural (“hay una sola persona que sabe hablar inglés”), la comida pobre (“pan cocido en las cenizas”), el alojamiento pobre (“una choza de troncos con piso de tierra”), su cama pobre (“un poco de paja sobre unas tablas”), y el trabajo físico duro (“duro y difícil. Siempre viajo a pie.”) Pero sobre todo, no tenía compañía cristiana (“ningún hermano cristiano a quien podría contar mis preocupaciones espirituales.”)

Un sentimiento terrible de indignidad y depresión oscura le abrumó: “Sigo desesperado. En la tarde prediqué a mi pueblo, pero me desanimé de ellos más que antes. Temo que nunca nada se podrá hacer por ellos con un resultado feliz. Derramé mi alma por misericordia, pero no recibí alivio.”

Mientras perseveraba, Dios cambió poco a poco sus actitudes. Nueve meses más tarde escribió en su diario famoso: “Me gusta vivir solo en mi propia casita pequeña, donde puedo pasar mucho tiempo en oración. Oh, ¡aun un granero, un establo, o cualquier otro lugar es deseable si Dios está allí!”

Cuando regresó por un breve tiempo a la civilización, fue finalmente ordenado como ministro y llamado a dos iglesias, una grande y rica, y la otra cerca de sus amigos. Pero Brainerd sabía donde Dios quería que estuviera. Rehusó ambas invitaciones y volvió a sus indios.

El sabía qué le esperaba: “Para el ojo de la razón, todo en cuanto a la conversión de los paganos es tan oscuro como la medianoche; pero solo puedo esperar en Dios para el cumplimiento de algo glorioso entre ellos.”

Brainerd escribe ahora de su “oración sin cesar, cada momento, con un fervor dulce”, de sus salidas al bosque para orar, donde “estuve en tal angustia y clamé con tanta seriedad que al levantarme de mis rodillas, casi no pude caminar derecho.” El sintió que “no me importaba donde o como yo vivía, o qué dificultades tenía que pasar, para ganar almas para Cristo. Al dormir soñaba de estas cosas, y al despertar, mi primer pensamiento era esta gran obra de clamar a Dios en contra de satanás.”

Cayó enfermo, y a menudo se sentía demasiado débil para ayunar y orar. Cuando se sentía mejor, “reservé este día para ayunar y orar. Al interceder disfruté de la libertad de no ser distraido por ningún pensamiento.” – Pero tres días después, “no podía centrar mis pensamientos en la oración ni por un minuto. Mi alma estaba en angustia. Estuve tan agotado por el desánimo que ya no esperaba hacer nada bueno.”

Empezó a pensar seriamente en abandonar su misión: “Parecía que a Dios no le agradaba darles la conversión para ser salvos, porque El retenía Su Espíritu.” – Durante los siguientes meses, su desesperación se profundizó: “Fue mi deber hacer algunos intentos para su conversión a Dios, aunque no puedo decir que tuve alguna esperanza de éxito.”

Aun así permaneció y siguió orando. Algún día debía llegar el éxito: “Fui capacitado a hablar de manera directa y calurosa, y el poder de Dios acompañó la Palabra, de manera que las personas sintieron gran preocupación por sus almas, derramaron lágrimas, y desearon que Cristo les salvase.”

(N.d.Tr: Un evangelista moderno probablemente hubiera pensado en este momento que había alcanzado su meta, y hubiera invitado a todos a decir una “oración de entrega”. De esta manera no podría haber pasado lo que sigue; veremos que Brainerd esperaba todavía algo más grande y mejor.)

Ahora, cuando él hablaba “unas pocas palabras acerca de la preocupación por sus almas”, su indiferencia se había vuelto “lágrimas, sollozos, y gruñidos”.

Finalmente, el 8 de agosto de 1745, sucedió el derramamiento por el cual había orado tanto, llorado tanto, sufrido tanto, y agonizado tanto: “El poder de Dios descendió sobre la asamblea ‘como un viento recio’, y con una energía asombrosa doblegó a todos ante El. Me quedé asombrado ante esta influencia, que sobrecogió a casi la entera audiencia. Ellos estaban orando y clamando por misericordia.”

Aquellos que ya habían alcanzado la seguridad de que Dios había perdonado sus pecados, fueron entre los que todavía estaban bajo convicción, “hablándoles de la bondad de Cristo, y el consuelo que hay en El, y entonces invitándoles a venir y rendir sus corazones a El.”

Día tras día continuaron las reuniones, con lágrimas y clamores de convicción, que poco a poco dieron lugar a la paz de tener los pecados perdonados.

Brainerd siguió orando, predicando y trabajando. El miraba ahora más allá de los indios: “Heme aquí, Señor, envíame. Envíame hasta lo último de la tierra, envíame a los paganos rudos del desierto, envíame incluso hasta la muerte misma, si tan solamente sea en Tu servicio y para promover Tu Reino.”

Pero sus años de intercesión habían cobrado un tributo terrible. Pronto él estaba tosiendo sangre. Dos años después del avivamiento, Brainerd estuvo muerto; un testimonio del precio que estaba dispuesto a pagar por el avivamiento que fue la meta de su vida.

¿Puede la oración de una sola persona traer avivamiento? – Sí. Pero prepárate para pagar el precio que Dios puede requerir para que otros sean bendecidos a expensas tuyas. “Así obra la muerte en nosotros, pero la vida en ustedes” (2 Cor.4:12).

About these ads

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 78 seguidores

%d personas les gusta esto: